Mabel Garcia: The strength of the different
Habla claro, conoce sus derechos. Atiende a sus visitantes en las instalaciones de la Fundación Trans-peninsular, en Santa Elena, al pie de una calleja de mantos de polvo izados por un viento que vibra como un papalote, y perros que vienen desde la playa, como bucaneros. Adentro, a pesar de la simpleza de la escena, se respira dignidad y orgullo. “Aquí les enseñamos a quienes pertenecen al movimiento transgénero y homosexual, a levantar la cabeza frente a la mojigatería estúpida y la discriminación”, asevera, severa, Mabel.
By: Fabián Darío Mosquera (fmosquera@telegrafo.com.ec)
Photo: Javiera Gandarillas
Diario El Telégrafo (Ecuador)
Ignacio de Loyola, fundador de la compañía de los jesuitas, llamaba “locuela” a aquella acción de argumentar, incansablemente y para uno mismo, con el pensamiento. De allí que a quien habla mucho se lo llame “locuaz”, ya sea por charlatán o por certero. El último es el caso de Mabel García, parte de esa gente cuyas palabras parecen una alforja de evidencias.
Habla claro, conoce sus derechos. Atiende a sus visitantes en las instalaciones de la Fundación Trans-peninsular, en Santa Elena, al pie de una calleja de mantos de polvo izados por un viento que vibra como un papalote, y perros que vienen desde la playa, como bucaneros. Adentro, a pesar de la simpleza de la escena, se respira dignidad y orgullo. “Aquí les enseñamos a quienes pertenecen al movimiento transgénero y homosexual, a levantar la cabeza frente a la mojigatería estúpida y la discriminación”, asevera, severa, Mabel.
Cuenta, además, que empezaron –hace cinco años- uniendo los puntos estratégicos de la provincia. “En más de una comuna, créame, hay por lo menos una trans”. El objetivo era educar al movimiento respecto del contagio del VIH. Iniciaron talleres y, según expresa, la única organización que promueve, a nivel provincial, la marcha por el día de la lucha contra el sida es, precisamente, la fundación que lidera. “Estamos demostrando que como personas transgénero hacemos cosas que a lo mejor los demás no hacen”.
“Le enseñamos al movimiento transgénero y homosexual a levantar la cabeza frente a la mojigatería estúpida”
No busca tolerancia, sino aceptación. “No necesito que me toleren”, sentencia. A los catorce años –terminando la década del setenta-, en su natal Guayaquil, descubrió lo que se engendraba en el núcleo mismo de su sexualidad, y vivió por un tiempo, como dice, “una vida gay de closet”. Luego se daría cuenta de que era una mujer encerrada en el cuerpo de un hombre. Su familia le dijo tajante que lo que hiciera, lo hiciera lejos de la casa. “Se vivía por aquel tiempo, y ahora, una situación de clandestinidad que a algunos llenaba de vergüenza. A mí, de coraje”.
A los veintiséis llegó a la Península con la idea de montar un negocio, pero también para alejarse de Guayaquil. “Aquí nos aceptan, claro que con hipocresía y doble moral, pero lo máximo que nos “ofrecen” es una pifiada… Lo que yo tomo como publicidad, que no les he pagado ni pedido”, la ironía siembra, en su rostro, una sonrisa. Aguarda y completa la comparación: “En Guayaquil, en cambio, llegaban a darse incluso muestras de violencia física, o de la burla más encarnizada”.
Cree en Dios a su manera, y considera a los fanáticos prejuiciosos “una tracalada de cobardes”.
Hace poco, un grupo de estudiantes de la Universidad Casa Grande realizó, como trabajo de tesis, un documental sobre los transgénero, y la llamaron para que diera sus opiniones. El documental la registra, en un momento, intentando obtener su cédula de identidad con su apariencia de mujer. El funcionario público de turno insistía en que no era posible. Pero, según la ley, lo es. Y es normal que Mabel lo sepa, ya que cursa el tercer año de Derecho en la Universidad Estatal de Santa Elena. “La idea es que logremos ser respetadas por nuestra intelectualidad. Eso ayuda a que nos miren distinto, no como seres promiscuos, no como cajero automático”. La resolución de esa parte del documental fue la de esperarse: un policía, quien tal vez pensó que era mejor que los buenos ciudadanos no vieran esas cosas, pone la palma de la mano sobre la cámara.
Sin embargo, para el Festival de documentales Encuentros del Otro Cine (EDOC), de este año, el trabajo (titulado “A imagen y semejanza” y dirigido por Diana Varas) se proyectó en distintas salas de Guayaquil; y la reacción de la gente fue tan positiva que, incluso, la Alianza Francesa organizó un conversatorio en el que participó Mabel. “A mí no me asustan esas cosas”, comenta, con gesto de que su capacidad verbal resulta evidente, “pero era la primera vez que le hablaba a gente en su mayoría heterosexual”.
Calla la mujer por un momento. El cielo y su rostro han tomado un tono pardo, como el de un manojo de chivitos venidos de los establos de guasango de las hondas comunas, y que pasan, con trote marcial, a lo lejos. Mabel los observa y alega que, ni a oscuras, son iguales.
Datos
Nació en Guayaquil, el 1 de noviembre de 1964. Su nombre “original” prefiere no mencionarlo. Hija de un marino mercante y una ama de casa. Hizo su primaria en una escuela militar, llamada División de Infantería número dos. Lugo pasó por el plantel evangélico Ciencia y Fe, pero la expulsaron.
Mabel afirma que ella y Alejandra, una compañera, son las únicas dos transgéneros a nivel nacional que asisten a la universidad con su apariencia de mujeres. Conoce a otras que se reconocen como trans, pero adoptan un aspecto gay para no tener muchos problemas. “Yo soy lo que soy”, explica.
El oficio al que Mabel se ha dedicado, desde que vive en Guayaquil, es considerado un cliché del mundo homosexual: estilista de belleza. “Pero basta hablar conmigo y revisar lo que he hecho por las minorías sexuales en Sanat Elena, para desmarcarme de ese lugar común”.
Actualmente, se encuentra peleando por la posibilidad de que los transgéneros puedan, en el Registro Civil, cambiarse el nombre. “Quisiera que me expliquen por qué no puedo tener un nombre que a mí me agrade, lo encuentro absurdo. El mío es Mabel, y ese quiero que conste”.

